Ayer, dos momentos concretos me hicieron recordar mi lesión cerebral y decir en voz alta: “¿Te acuerdas cuándo…?” Fue increíble poder hablar de algunos de los desafíos persistentes de mi conmoción en pasado. Como un recuerdo.
El primer momento fue al subir las escaleras después de una siesta. Iba un poco lenta, y mi ritmo cardíaco parecía acelerarse. Me recordó lo difícil que era para mí subir escaleras, así que le dije a mi pareja: «¿Te acuerdas cuando apenas podía subir las escaleras y mi corazón se disparaba? ¿Cuando teñía que descansar casi una hora después?»
”Claro que me acuerdo,” me respondió, con ese tono de «cómo olvidarlo».
Pero esta vez, al llegar arriba, simplemente seguí con mi día. ¡Qué bendición!
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El segundo momento ocurrió en casa de una amiga. Estábamos compartiendo un rato juntas, cada una ocupada en lo suyo. Más tarde, cuando nos pusimos a hablar, planeamos la próxima vez que nos veríamos: cuando mi pareja estuviera de viaje, ella vendría a mi casa.
Entonces le pregunté: «¿Te acuerdas cuando te llamaba aterrada porque José se iba de viaje?» Hubo una época en la que estar sola en casa me aterraba. ¿Y si me desmayaba y no había nadie? ¿Y si no tenía energía para prepararme algo de comer? ¿Y si mis miedos irracionales decidían aparecer y no había quien me calmara?
Apenas estábamos construyendo nuestra amistad (por suerte, ella no salía corriendo en aquel entonces), y cuando la llamaba antes de los viajes de José, me ayudaba a planificar las comidas, los tiempos de descanso y hasta formas de asegurarme interacción social sin sobrecargarme. Me ayudaba a darle estructura a mi mundo cuando mi cerebro aún no podía hacerlo solo.
Cuando le recordé aquellos días, me miró con una cara de asombro y me dijo: ”Wow, sí – Has avanzado muchísimo.»
Sonreí. ”Sí, de verdad que sí.” Pensé en todo lo que había recorrido: los paseos, las terapias, el esfuerzo por volver al trabajo, los sonidos, las pantallas, las relaciones.
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Desde ayer, me han venido a la mente más recuerdos de esos «¿te acuerdas cuándo…?»
¿te acuerdas cuando no podía secarme el pelo porque el ruido era insoportable?
¿te acuerdas cuando no podía mirar a la gente a los ojos sin sentirme abrumada?
¿te acuerdas cuando no podía salir de casa por la mañana porque tenía que estar cerca de un baño?
Es increíble saber que casi todo eso ha quedado atrás. Que mi día a día ya no está definido por esas limitaciones. Mi mayor deseo es no olvidar lo lejos que he llegado y mantenerme agradecida por cada una de mis capacidades recuperadas. La salud ha vuelto a ser la norma, y eso en si mismo es un milagro.
Estoy profundamente agradecida con todas las personas que han sido parte de mi recuperación.
Gracias a un sistema de apoyo generoso, a especialistas bien preparados y atentos, y a mi pareja, que no solo corría de un lado a otro por mí, sino que también mantuvo su trabajo y un buen seguro para que yo tuviera la atención que necesitaba. Gracias a todos ellos, he podido regresar al mundo con energía, con claridad mental y con el corazón lleno de gratitud.
Qué enorme, hermosa bendición.
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